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Las flores más sofisticadas, las que comercializan los grandes traders del mundo por un total de u$s 4000 millones anuales, suelen tener su origen en laboratorios de Chile y Nueva Zelanda. Ahora, una fuerte apuesta tecnológica apoyada por los poderosos floricultores holandeses coloca a los trasandinos en centro de esta industria verdaderamente global.
Con la intención de que decidió que los productores chilenos de bulbos de flores asumieran un rol más importante con la introducción de la tecnología de micropropagación, tres años atrás la Fundación Chile inició un proyecto que les permitiera intervenir más allá de la función de “engorde” en invernadero los bulbillos ya micropropagados en la India. Hasta entonces los floricultores trasandinos agregaban después poco más que el envío a Holanda, donde estaban los dueños del material genético, que eran los que finalmente convertían el bulbo en la flor que ellos mismos comercializarían.
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Y a pesar de que la iniciativa tenía números rojos, los Viollier creyeron en el proyecto: se asociaron con Fundación y, tras la salida de los socios iniciales, cambiaron recientemente el nombre de Vitro Chile a Multiflora Casablanca. La propiedad se dividió en 50 y 50, y el objetivo de la nueva empresa fue continuar con la micropropagación de bulbos de calas y liliums y volver a exportar vitroplantas de calas a Nueva Zelanda y bulbos florales a Holanda. Estaba claro que no se trataba de crear variedades, sino que multiplicar el material llegado desde aquel país europeo. “Muchas veces ni siquiera sabemos de qué color es, sólo sabemos su código”, explica Fernando Viollier (foto), Director de Multiflora Casablanca.
Pero al comienzo lo que tenían entre manos no era más que un negocio que trastabillaba, con números no lograban salir del rojo. Hoy en día el laboratorio es uno de los más grandes del país trasandino para la micropropagación de bulbos, con capacidad para producir cinco millones al año y ampliable al doble. Y esos amarillentos bulbillos de laboratorio, que a futuro se convertirán en coloridos liliums y calas, van a parar a todas partes del mundo, aunque algunos también se quedan en Chile, para ser engordados en el sur.
Es cierto que Multiflora Casablanca todavía no consigue fuertes retornos, pero todo indica que alcanzarlos es sólo cosa de tiempo. En 2005, el mercado mundial de las flores movió u$s 4000 millones. Además, los holandeses —por cierto, la mayor potencia mundial en floricultura— ya manifestaron su interés por llevar adelante en Chile la mayor parte del proceso de producción, lo que naturalmente, vuelve a la apuesta de los Viollier bastante sólida.
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Y no pierden el tiempo: ya están trabajando internamente en los distintos ámbitos de la empresa para jugar a ganar. Por ejemplo, introduciendo mejoras a nivel de producción, incorporando nuevas tecnologías. Los resultados ya están a la vista: si antes uno de cada cinco bulbos iba a parar a la basura por haberse contaminado, hoy sólo uno de cien termina de esa manera. Los Viollier también reordenaron la gestión, con mayor control de costos invisibles, nuevos clientes y capacitación del personal.
De esta manera, se aprestan a concretar su tercera exportación, de 4,5 millones de bulbos de lilium comprometidos. El 80 % de la producción de Multiflora Casablanca va a Europa. El resto se queda en Chile, lo cual les permite repartir las entregas: febrero y marzo para Europa; septiembre y octubre para Chile.
En esta empresa se mira el futuro con optimismo. En cinco años esperan producir diez millones de bulbos, considerando la ampliación del actual laboratorio. Además, contemplan sumar engorda en invernadero y eventualmente en suelo, y para eso en este momento se evalúa la adquisición o el arrendamiento de terrenos, y eventualmente la contratación de servicios en el sur. Y hay un estímulo adicional: en un plazo de cinco años, los holandeses esperan duplicar las 600 hectáreas que actualmente manejan en Chile. “Para ellos todo se basa en la confianza, nos conocemos bien y van soltando la soga”, revela Pablo Riesco, Gerente agrícola de Multiflora.
En Holanda están los principales corredores de bulbos, los grandes traders. Pero además, los breeder, aquellos que inventan variedades nuevas a través de cruzamientos. Porque, lo mismo que la ropa, las flores también se rigen por la moda. Y se invierten cifras astronómicas en estudios de mercado para determinar esas preferencias. Así es como se van obteniendo variedades de distintos colores, texturas, aromas, durabilidad, largo de la vara, etc, respondiendo a la demanda de los mercados. Pero como las partidas originales son tan reducidas (a veces no más de diez ejemplares) necesitan multiplicarlas. Y eso es lo que encargan se hace ahora en Chile y en Nueva Zelanda. ¿Por qué tan lejos de Holanda? Principalmente por costo de la mano de obra, calidad de los terrenos, contraestación y barreras fitosanitarias.
La planta madre llega por avión desde Holanda, en la forma de un microbulbillo. En el laboratorio se le separan las escamas y se hace brotar cada una. Entonces, se hace un test de virosis y se ingresa in vitro, reduciendo el riesgo de contaminación es a lo individual. Después, con cortes muy prolijos, se separa y aplica el sistema de multiplicación en cámaras de flujo laminar. Al llegar al número deseado, el bulbo se enraíza y conserva en un banco de germoplasma con temperatura y humedad controladas para el “engorde”. Luego pasa de 8 a 12 semanas de frío para llegar al calibre 8-10, es decir que el bulbito tiene un diámetro de 3 cm . En ese punto se lavan, se mete en mallas, y en 48 horas llega a la ciudad de Lisse, en Holanda. Ahí deben pasar ocho meses en invernadero. Luego reciben un golpe de frío, y nuevamente van a engordar, ahora en el suelo. A los dos años salen las primeras flores.
Fuente: El Mercurio



