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Después de haber hecho un vibrante alegato en favor del "capitalismo creativo" y de la responsabilidad social del capital, Bill Gates se fue definitivamente del Foro Económico Mundial de Davos en medio del aplauso general. Pero su sitio no quedó vacío: ya había sido ocupado. Este año, los héroes de Davos fueron, entre otros representantes de economías emergentes, el indio K. V. Kamath -presidente de Icici, un banco cuya clientela pasó en cinco años de 500.000 a 30 millones-, o el chino Wang Jianzhou, dueño de China Mobile, que anuncia 6 millones de nuevos abonados por mes.
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El desplazamiento del poder del Norte hacia el Sur del planeta ocupa desde
hace varios años a teóricos y académicos. Pero en la última edición del Foro,
realizada en el contexto de la aguda crisis financiera provocada por la
debilidad de los Estados Unidos, esa posibilidad salió del ámbito
especulativo y comenzó a ser debatida como una realidad.
Ante ese Norte que llora y ese Sur que ríe fue fácil en Davos imaginar un
mundo diferente. Un mundo multipolar que terminará ocupando el sitio dejado
por una superpotencia que se desdibuja. Pero si eso sucede, si Hollywood, McDonald´s y Disney se
eclipsan, ¿con qué los reemplazará la humanidad? ¿Con Bollywood, con una
feijoada planetaria o, simplemente, con un rápido retorno a las culturas
nacionales?
La globalización, esa idea multiforme que ha signado nuestra época, sigue
afectando la geografía económica del planeta en formas que apenas comenzamos
a comprender. En ese marco, el advenimiento de un "mundo
multipolar" está revolucionando nuestra perspectiva.
Hoy, 70 de las 500 compañías más grandes del mundo provienen de países
emergentes. Hace diez años eran sólo 20. En 2006, esas empresas registraron
un crecimiento frenético que representó 1.100 fusiones y compras por un valor
de 128.000 millones de dólares.
Líderes de ese proceso, los países del grupo BRIC (Brasil, Rusia, India y
China) fueron imitados por Corea del Sur, México, Malasia, Polonia, Arabia
Saudita, Singapur, Tailandia y Turquía. Ahora, un nuevo grupo de economías
emergentes se está sumando a esa corriente: República Checa, Egipto, Hungría,
Indonesia, Sudáfrica, Colombia, Venezuela y Vietnam, entre otras.
Si bien esos recién llegados suelen ser mirados por el Norte como
"improvisados" en el mercado de la competencia mundial, la verdad
es que se trata de operadores extremadamente creativos, capaces de asumir
importantes riesgos. Cada uno de ellos aprendió el arte de la innovación
adaptando nuevas ideas a sus mercados respectivos, y superó la ausencia de
know-how introduciendo rápidamente programas de formación laboral.
"Esos nuevos actores son considerados con frecuencia como imitadores de
productos occidentales, desde medicamentos hasta teléfonos celulares, pero su
estrategia es la de descubrir antes que nada lo que quiere el consumidor y
trabajar en sentido contrario a lo que se hace en el Norte, es decir,
concebir y luego proponer", explica Trevor Hatton, Director Ejecutivo de
la consultora escocesa Accenture.
Con ese objetivo, la surcoreana Samsung introdujo en el mercado indio máquinas de lavar con un programa especial
"para saris". En tanto que la empresa china Haier se transformó en líder de ese mercado
en su país gracias a su observación de los gustos del consumidor local.
Cuando la compañía descubrió que, en recónditos pueblos, los campesinos
utilizaban sus lavarropas para lavar las verduras, Haier encontró la forma de que las hojas y las
cáscaras no taparan las cañerías de la máquina.
"La próxima generación de lavarropas de Haier será capaz de producir queso de
cabra", bromeó Hatton con admiración.
Hiperconectados
En todo caso, como Davos es, ante todo, un mundo de emprendedores, no cede
fácilmente al pesimismo. Si bien todos coincidieron este año en reconocer que
la estrella de Estados Unidos ha empalidecido considerablemente en el
firmamento, a mediano y largo plazo, los global leaders confían en el
surgimiento de una economía dominada por un ciclo continuo de innovaciones
tecnológicas en el que no haya ni vencedores ni vencidos.
Prueba de ello es la presencia cada vez más importante en la estación suiza
de los grandes representantes de Internet -Google, sobre todo- y la
multiplicación de conferencias sobre las Information Technologies (IT).
Los líderes mundiales celebraron este año, sobre todo, los teléfonos móviles
de nueva generación (cada participante tenía, por lo menos, dos en sus
bolsillos, a veces tres y hasta cuatro), y sobre todo, los nuevos servicios
que éstos permiten obtener (informaciones, televisión, teletrabajo ). Los
teléfonos celulares ya sirven de reloj, de agenda, de álbum fotográfico, de
lector de música, de cámara, pronto de televisor y quizás de proyector.
El Secretario General de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), Hamadun I. Touré, afirma que 3.000 millones de seres humanos ya están
equipados con un celular, y que el año que viene se superará la barra del 50%
de la humanidad. "Los teléfonos se han transformado en una ´nueva
función humana , al igual que los cinco sentidos", explicó Wang
Jianzhou, presidente del operador China
Mobile.
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Para no quedarse atrás, Eric Schmidt,
presidente de Google, anunció por su
parte que lanzará una red de telefonía móvil en Estados Unidos, una forma de
decir que la convergencia entre cables y contenidos vuelve a ser un tema de
actualidad.
Mientras tanto, Howard
Stringer, Presidente de Sony, sueña
despierto: "Si sólo pudiera vender una canción a 500 millones de chinos,
mi compañía de música alcanzaría el equilibrio".
En Davos, todos los presentes coincidieron con el futurólogo francés Jacques
Attali para quien "una era de prosperidad sin precedentes nos espera, si
somos capaces de difundir microcomputadoras y teléfonos portátiles por todo
el planeta".
Tiempos de desacople
Fue el gran tema del Foro: el desacople. Entre la industria y las finanzas,
pero, sobre todo, entre el Norte y el Sur.
Ante las noticias catastróficas de la situación en los Estados Unidos
(precios inmobiliarios que se caen estrepitosamente, 40% más de quiebras
personales, aumento del desempleo, reducción del poder adquisitivo), los
representantes de Brasil, China o India (que tendrá en 2008 un crecimiento
cercano al 10%) parecían llegados de otro planeta. Mientras que los
industriales del Sur multiplican las inversiones y sus mercados consumen
alegremente, los norteamericanos se enfrentan entre ellos para saber si su
producción ya comenzó a decaer, y los europeos parecen condenados a la
desaceleración.
En tanto, los latinoamericanos se alegran por el retorno de sus clases medias
-debilitadas por las crisis de los años 1980 y 1990-, los orientales nadan en
el dinero del petróleo, los asiáticos se preguntan si la crisis de Estados
Unidos no les serviría para refrescar sus economías amenazadas de
sobrecalentamiento y hasta los africanos creen en un porvenir radiante.
"Todos esto es producto de la buena globalización", señaló el
premio Nobel de Economía, Joseph
Stiglitz. Para él, como para muchos otros, los vientos de la
globalización soplan en diferentes direcciones.
Nada pareció más viejo en Davos que aquella pregunta que todos se hicieron
cuando empezó a hablarse de globalización: ¿Estamos yendo hacia un mundo
unificado, con casas idénticas en todas partes y papilas gustativas
condenadas a sucumbir inevitablemente al McDonald´s y la Coca-Cola?
"Eso ha quedado totalmente obsoleto. En la actualidad, cada uno compone
su menú a la carta", opinó en Davos el escritor indio Shashi Tharoor,
instalado en los Estados Unidos.
Esa reflexión es particularmente pertinente en el sector alimentario. Según John Chidsey, el joven Presidente de Burger
King, un tercio de lo que se vende en sus restaurantes a través del mundo
corresponde a los gustos locales. Otro ejemplo: la primera actividad en
Londres -en términos de empleo- no proviene del rubro bancario, ¡sino de los
restaurantes indios!
"Globalización no rima con norteamericanización ni con homogeneización.
Ciertos filmes indios tienen un éxito extraordinario en Senegal o en
Egipto", afirma la realizadora francesa Marie-Pierre Duhamel-Muller.
Creación e identidad
En los países emergentes, la creación está en plena ebullición. Los circuitos
de difusión son frágiles y los problemas de censura persisten, pero la mirada
de los cineastas sobre el contexto político y social de sus países y del
resto del mundo está presente en los grandes festivales internacionales.
En Medio Oriente, Al-Jazzeera y otra decena de cadenas satelitales que emiten desde países emergentes
tienen un impacto limitado -debido a la ausencia de libertades-, pero real.
También son numerosos los cineastas sirios o argelinos financiados por las
monarquías del Golfo.
En esas condiciones, la inquietud es legítima: ¿cómo preservar la identidad
cultural en este nuevo mundo multipolar?
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Para el violoncelista Yo-Yo Ma, premiado en Davos por su trabajo a favor de
la integración cultural, "el mundo cambia tan rápido que la inseguridad
cultural es inevitable". Sin embargo, agrega, "la interacción
promovida por la mundialización no sólo destruye identidades, sino que puede
crear nuevas culturas, dar vigor y diseminar tradiciones que existieron
durante siglos".
Se podría decir que "la cultura es un tejido compuesto por pequeños
aportes de cada rincón del globo", insistió Yo-Yo Ma. Para probarlo, el
violoncelista franco-norteamericano de origen chino agradeció su premio en
Davos tocando una sarabanda de Bach.
Esa danza, originaria de los bereberes del norte de Africa, pasó a España en
la Edad Media, fue a América de la mano de los conquistadores, pero también a
Francia. Alrededor de 1720, Bach incorporó la sarabanda a su Suite para
violoncelo : "Un excelente ejemplo de integración multicultural",
señaló el artista.
Otras experiencias no son tan simples. El Primer Ministro de Québec, Jean Charest,
contaba en Davos cómo su provincia se esfuerza desde hace cuatro siglos por
preservar los fundamentos de su identidad -su lengua, el francés-, sitiada
por la influencia masiva del inglés.
Las innumerables parejas de cultura mixta presentes en el Foro relataban a su
vez que, con frecuencia, sus hijos no saben quiénes son.
Pero Shashi Tharoor respondió a todos esos interrogantes señalando que una
cultura está hecha de todas las culturas. El escritor indio recordó la
respuesta que dio Ghandi, cuando le pidieron su opinión sobre la civilización
occidental: "¿Una civilización occidental? No sería una mala idea",
dijo. (Con información de La Nación)
Fuente: Total News









