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El grupo policial se desplazó con rapidez hasta encontrar su objetivo: las 47.000 plantas de marihuana que crecían en los últimos días del verano, ocultas en medio de un plantío de maíz. De inmediato comenzaron a cortar los esbeltos arbustos conocidos en todo el mundo por sus hojas de varias puntas. Llevaban la mitad de su tarea cumplida, cuando unos hombres desesperados aparecieron. Reproches tras reproches, los agentes se enteraron de que acababan de destruir el campo experimental de cáñamo industrial del Centro de Investigación Agrícola de la Universidad de Wageningen, en Holanda.
El malentendido ocurrió la primera semana de septiembre, pero no es novedoso para los agrónomos y botánicos de los centros de tecnología e investigación agropecuaria de Argentina, Brasil y Chile que se han visto, desde hace dos décadas, interrogados y, a veces, maltratados por policías que -presas de un curioso síndrome de racismo vegetal- no pueden entender que el cáñamo industrial (Cannabis sativa sativa) y la marihuana (Cannabis Sativa indica) son plantas diferentes en cuanto a lo que hace que la marihuana sea satanizada: el contenido de THC, el principio activo de la droga. Éste es de 0,3% en el cáñamo industrial, versus 6% a 20% en la marihuana.
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"Hoy se usa, en Alemania y Francia, por sus propiedades aislantes, mezclado con fibra de vidrio en interiores de puertas y pastillas de frenos de Mercedes-Benz y BMW", dice Fabrizio Giamberini, fundador de The Latin America Hemp Trading, en Montevideo. También, como fuente de pulpa de papel ecológico, y sus semillas y aceites, en decenas de alimentos, a lo cual se suma su valor tradicional como fuente de fibras textiles, recalca. En Estados Unidos el mercado total para la cannabis industrial es de US$ 1.000 millones.
La semilla uruguaya. Es así como, aparte de varios países europeos, en Canadá, China y, al menos, ocho estados de EE.UU. se permite ahora la producción. Frente a esta evidencia Giamberini, quien es experto en administración y ha trabajado hasta ahora en servicios financieros, de ahorro y crédito, inició un trabajo arduo para lograr que Uruguay sea el primer país de Latinoamérica en eliminar la prohibición que impide el retorno de la que fue una industria tradicional entre los siglos XVII y XIX. Chile, por ejemplo, fue por muchos años un importante productor de semillas de cáñamo industrial, lo que le permitió hace varios siglos tener una importante industria de fábricas de velas de barcos. No obstante, ese potencial desapareció con la prohibición de plantar cáñamo con una ley de hace cinco años. "La legislación chilena no hace diferencia entre las dos variedades por temor a que se pueda plantar una oculta en la otra", dice el uruguayo. Raya en lo absurdo: en Canadá se usa un sistema de registro riguroso de sembradores y ya hay 10.000 hectáreas en producción.
En México, mientras, Elsa Conde, legisladora del pequeño grupo socialdemócrata, presentó en diciembre de 2008 un proyecto para autorizar el cultivo industrial. "Los tratados internacionales en materia de regulación de cannabis permiten los usos industriales del cáñamo, del mismo modo que los tratados comerciales más importantes firmados por México, como el TLCAN, el TLCUE y los firmados con Chile, Venezuela y Colombia, contemplan cuotas y disposiciones específicas para estos productos", dice Conde.
Giamberini busca que los dos candidatos a la presidencia de Uruguay se den cuenta del potencial de la industria, en tanto se avanza en el cultivo experimental para determinar qué variedad es la mejor para el clima del país. "Prohibir el cáñamo industrial es como prohibir que le pongan semillas de amapola al pan gourmet: un absurdo", dice el uruguayo.
Fuente: América Economía







